Barbara McClintock

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Artículo original: https://zientzia.eus/artikuluak/barbara-mcclintock-artoari-galdezka/

Experimento realizado en honor a esta mujer aquí

Barbara McClintock, interrogando al maíz

Long Island (Nueva York), finales de la década de 1940. Una mujer de unos cuarenta años riega un maizal. Observa las mazorcas que van creciendo poco a poco; parece que quisiera conocer todos los secretos que guardan. ¡Zas! Una pelota cae entre el maíz. La mujer se enfada e increpa a los jóvenes que juegan al béisbol. No es de extrañar, ese maíz tiene un gran valor.

Barbara McClintock cultivaba maíz en los terrenos del Laboratorio Cold Spring Harbor. Y se pasó casi toda su vida estudiando los cromosomas y los genes de aquel maíz. Vivía en el mismo laboratorio, en un pequeño apartamento, sola.

Fue solitaria desde pequeña, y le gustaba el deporte y la vida intelectual. A sus padres no les hacía gracia esa forma de ser. De hecho, nació con el nombre de Leonor, pero, al considerar que ese era un nombre demasiado femenino para semejante hija, más adelante la llamarían Bárbara. A su madre tampoco le entusiasmó el hecho de que su hija quisiera ir a la universidad, pues eso le restaría opciones de casarse. Pero al final, con la ayuda de su padre, lo consiguió.

Estudió botánica en la universidad; se interesó especialmente por la genética, y quedó fascinada con los cromosomas. Y es que en aquellos años se estaba descubriendo que los cromosomas eran los portadores de los «factores hereditarios». Así pues, para cuando se había graduado tenía claro lo que quería investigar: los cromosomas, su contenido genético y su expresión, es decir, la citogenética.

McClinton dejó claro desde el principio que era una científica extraordinaria. Tras realizar el doctorado, consiguió, sin ayuda de nadie, reunir a un pequeño pero esforzado grupo para investigar en ese campo. Era un campo completamente novedoso, y enseguida empezaron a avanzar. «Nos consideraban unos engreídos», recordaría McClintock años más tarde. «Habíamos avanzado mucho más que esa gente, y no podían entender lo que estábamos haciendo».

McClintock desarrolló una técnica de tinción para poder ver los cromosomas a través del microscopio. Gracias a esa técnica, en 1929 pudieron observar, por primera vez, la morfología de los 10 cromosomas del maíz.

En la década de 1930 descubrió que, durante la formación de células reproductoras, en los pares cromosómicos se producía un entrecruzamiento de fragmentos, y demostró que gracias a ese entrecruzamiento se producen nuevas combinaciones de caracteres hereditarios. También descubrió la estructura llamada organizador nucleolar, un elemento que parecía jugar un papel importante a la hora de ordenar el material genético durante la división celular. Y también encontró el centrómero, y los telómeros, y publicó el primer mapa genético del maíz, y estudió cómo la irradiación provocaba mutaciones...

Un descubrimiento tras otro, la fertilidad científica de McClintock era formidable. Como reconocimiento de esa fertilidad, en 1944 la nombraron miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos (era la tercera mujer en conseguirlo) y, un año después, presidenta de la Sociedad Genética Americana (la primera mujer). La gente de su entorno también la admiraba, hasta el punto de considerarla casi una profeta: «Si lo dice Bárbara, será verdad», solían decir.

Justo en aquella época, McClintock empezó a investigar el efecto del mosaico genético. Quería saber cómo era posible que los granos de una misma mazorca pudieran ser de distinto color, si todos ellos contenían la misma información genética. Mientras investigaba ese efecto, descubrió dos elementos genéticos que influían en los genes. Vio algo realmente sorprendente: aquellos elementos cambiaban de posición, y, de algún modo, podían encender o apagar los genes. Los llamó elementos controladores y estudió su influencia en cada generación de maíces. Así, sugirió que la regulación genética podría ser la clave para explicar cómo es posible que las células de un organismo puedan tener características diferentes, aunque el genoma sea el mismo.

Todo aquello era revolucionario, demasiado revolucionario. Se creía que el genoma era un conjunto estático y ordenado de instrucciones, y los elementos que se movían y los genes que se apagaban y encendían no eran aceptables. Y no se aceptaron. Aquellos descubrimientos e ideas provocaron «la sorpresa y la oposición» de sus compañeros, en palabras de McClinton.

«Me quedé sorprendida al ver que no entendían, que no lo tomaban en serio» contaría después. Pero McClintock no se rindió: «Eso no me molestó, sabía que estaba en lo cierto». Sin embargo, dejó de publicar ese tipo de investigaciones y se sumió, aún más, en la soledad que le era tan propia. Pudo entender que no aún no era el momento para que se aceptara lo que ella había encontrado. «Para un cambio conceptual hay que esperar al momento adecuado», dijo.

Y tuvo que esperar. Casi veinte años más tarde, otros investigadores empezaron a encontrar aquellos elementos móviles en virus, en bacterias, y también en moscas del vinagre. Y entonces se acordaron de McClintock. En 1983, a los 82 años, le concedieron el Premio Nobel por el descubrimiento de aquellos elementos genéticos móviles (transposomas). Era la tercera mujer que recibía el Nobel de Medicina y Fisiología, y es la única que lo ha recibido a título individual. Dijo lo siguiente cuando recibió el premio: «Parece injusto premiar a una persona por haber disfrutado tanto durante años, preguntando al maíz sobre problemas concretos y observando después sus respuestas».

Murió a los noventa años y siguió trabajando casi hasta el último día, doce horas al día, seis días a la semana. Ella lo dejó claro: «Lo que hago me interesa tanto, y me aporta tal placer, que nunca he pensado en parar... He tenido una vida extremadamente satisfactoria e interesante».